Por Gema Ortiz. DUE Grupo OTP – Estudis i Prevenció

 

“¿Hemato.. qué? ¿Yo tengo de eso?”
Pues veamos…
“Tengo tanto pánico a hacerme la analítica que ni he dormido esta noche…”
“Siempre que veo sangre o pienso en ella me desmayo”
“A mi me tienes que tumbar.. te lo aviso”
“Donar sangre yo?? ni loco/a!!!!”

 

Si alguna vez has utilizado alguna de estas expresiones (o incluso todas), entonces…va a ser que si,  probablemente
tienes “de eso”.
Pero tranquilo/a… no eres ningún “bicho raro”. La hematofobia, o fobia a la sangre, es la fobia específica más común dentro de los trastornos de ansiedad en la población general. Como en el resto de fobias, la persona hematofóbica adopta conductas de evitación y/o escape de las situaciones fóbicas (salas de extracción, centros sanitarios, películas con violencia, etc), y presenta pensamientos anticipatorios en relación con las situaciones fóbicas ( del tipo “no lo voy a poder soportar”, “voy a caerme delante de todos”, etc).
En cuanto a las respuestas psicofisiológicas, los fóbicos a la sangre presentan un patrón de respuesta en 2 fases:
La primera fase se caracteriza por un aumento de las tres medidas psicofisiológicas más relevantes: ritmo cardíaco, presión arterial y frecuencia respiratoria.
 
A continuación, en la segunda fase, se produce una caída o descenso rápido de estos parámetros, especialmente del ritmo cardíaco y de la presión sanguínea, que puede llevar al mareo y terminar en desmayo (el llamado en términos médicos “síndrome vasovagal”).
Diversos estudios llegan a la conclusión de que la mejor forma de actuar frente a este miedo es la combinación de la exposición en vivo (enfrentarse a situaciones fóbicas reales) y el control del síndrome vasovagal (con la llamada “técnica de tensión aplicada”). Es fundamental pues aprender a identificar las primeras señales específicas de la segunda fase (fundamentalmente, de la caída de la presión arterial) y aplicar la técnica de “tensión muscular” en los momentos de exposición, con el fin de prevenir la aparición del síndrome vasovagal.
Es muy importante controlar la ansiedad previa a la extracción, con algo tan sencillo como la técnica de respiración abdominal profunda. Además, debemos cambiar los pensamientos negativos (“no voy a poder”, “me va a doler”, “me voy a desmayar”) por pensamientos positivos previamente a la extracción (“no va a pasar nada”, “soy capaz de controlar mis pulsaciones”, “puedo aguantar sin desmayarme”) durante la extracción (“esto va bien”, “no me siento mal”, “estoy controlando”) y al finalizar la misma:  (“no era para tanto”, “lo he superado”).
En el momento de la extracción de sangre (el temido por todos),  debemos aprender a identificar los primeros síntomas del síndrome vasovagal y ser capaces de aumentar nuestra presión arterial en el momento adecuado y de mantener nuestro pulso cardiaco dentro de unos parámetros normales. Para ello, tensaremos los músculos del cuerpo intercalando periodos de tensión de 20-25 segundos y de distensión sin relajación de 15-20 segundos. La utilidad de estos ejercicios de tensión/distensión reside en aplicarla justo en el momento en que percibimos que nos encontramos próximos a un desmayo.
Tras el conocimiento del mecanismo fisiológico y de la posibilidad de autocontrol por parte de la persona hematofóbica llega a producirse un cambio a nivel cognitivo al darse cuenta de su capacidad de control. Por tanto, el temor al desmayo gradualmente va disminuyendo y se contribuye a aumentar el nivel de confianza/seguridad en sí mismo.
Todos aquellos hematofóbicos que acudan a Grupo OTP a realizarse el reconocimiento médico, ponedlo en práctica. Y recordad que, para ser capaz de superar un temor, lo más efectivo es enfrentarse a él.